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Que tú Fe a Dios sea sincera, sin fingimiento ni apariencias

sábado 19 de enero de 2013 – 08:59 a.m. 241

Potemkin y los fariseos

¿Qué se requiere para añadir «el Grande» o «Magno» a nuestro nombre? ¿En qué momento Alejandro «el más o menos» se convirtió en Alejandro «Magno»? ¿Recuerdas a Catalina la Grande, quien gobernó Rusia desde 1762 hasta 1796? Luego que su esposo murió, ella se encontró un novio que tenía un nombre propio bastante impresionante: el príncipe Grigory Aleksandrovich Potemkin.

Para impresionar a la emperatriz, el príncipe Grego construyó pueblos de mentira a lo largo de la ruta del tren a través de Ucrania y Crimea por donde sabía que viajaría Catita la Grande. Se añadían fachadas a viejas construcciones. Frentes falsos escondían casuchas sucias. Se escondía a los mendigos. Incluso se cuenta que llevó rebaños de ovejas, manadas de vacas y campesinos felices y bien vestidos para completar la ilusión de sorprendente prosperidad en Rusia.

Algunos insisten en que Grigory Potemkin realmente formó la flota naviera de Rusia, reforzó su arsenal y remozó sus puertos de embarque. Pero desafortunadamente, a Grigory siempre se le recordará más por sus «aldeas Potemkin», y siempre se le ligará a palabras como mentira, farsa y frente falso.

De manera similar, los fariseos estarán por siempre ligados a palabras como hipocresía y fingimiento. Afirmaban amar a Dios, pero lo que más querían era la admiración de las personas. Jesús veía más allá de sus «vestiduras largas» y de sus «largas oraciones» que eran pura apariencia (Marcos 12:38-40).

Como una fuerte reprimenda, Jesús dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!. . . . están llenos de robo y de desenfreno . . . Por fuera parecéis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresías y de iniquidad» (Mateo 23:25-28).

¿Te preocupa más la manera en que otros cristianos te ven que la manera en que Dios te ve? Tira abajo cualquier frente falso que hayas erigido. Dios ve si tienes «un corazón puro, . . .una buena conciencia y . . . una fe sincera» (1 Timoteo 1:5).

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