¡Miedo!

Tomado de www.ministros.org

rain336xCVivimos rodeados de temores. Parece que estuviéramos condenados, como seres humanos, a sufrir progresivamente el miedo en sus diferentes grados y formas: desde el miedo a la oscuridad, hasta el temor a arriesgarnos, a hablar en público, a relacionarnos con nuevas personas; el miedo de perder lo que tenemos, o de no lograr lo que nos proponemos. A todos estos miedos  la sociedad moderna ha agregado nuevos temores. El crimen y la inseguridad parecen haber condenado al hombre moderno a vivir en prevención y en miedo.

El miedo es un fenómeno negativo que nos condiciona, nos oprime, nos puede paralizar, tomando por nosotros las decisiones que nos corresponden. El miedo conspira contra la ingenuidad y la transparencia porque nos hace precavidos y calculadores. En cortas palabras, el miedo nos complica la vida e interfiere en nuestras relaciones. Rompe los brazos de fraternidad y crea categorías de «deseables» e «indeseables», «ellos» y «nosotros», buenas y malas compañías. El miedoso no puede ser, ni manifestarse, tal como es; debe abstenerse de opinar y actuar; prefiere no arriesgarse y se conforman con lo que hacen o dicen los demás. Con miedo apenas  se puede vivir; se medio vive.




Por otra parte, el miedo es incompatible con la fe y es fuente de supersticiones y falsas religiosidades. Desgraciadamente existen muchos, aun entre los que se llaman cristianos, que han hecho del miedo una especie de forma de creer o mejor, de «no creer». No se fían, no confían en el Señor. Y se acogen a fetiches, imágenes, creencias e ídolos, que pueden ver o tocar y con los que creen comunicarse por medio misteriosos. A esto se debe la proliferación de magos, síquicos y agoreros que hoy aparecen por todas partes, aun en la pantalla del televisor, y en algunas comunidades de «creyentes».

La fe en Cristo nos da claridad en lo que creemos y seguridad en el Dios y Señor en quien confiamos. Jesús reclama esta confianza absoluta en sus cuidados y amor, y nos hace ver que existe una contraposición entre el mundo y la fe. Recrimina a sus discípulos cuando atraviesan el lago de Tiberias y se levanta una tormenta. «Hombres de poca fe, ¿por qué tienen tanto miedo?» (Mateo 8:26 NVI). Algo similar la echa en cara a Pedro cuando este caminaba sobre las aguas por orden de Jesús, y «tuvo miedo a comenzó a hundirse» (Mateo 14:29-31).

La exhortación del Jesús Resucitado a sus discípulos es de: «Alégrense. No tengan miedo» (Mateo 25:10). Para Jesús miedo y alegría son incompatibles. Ante el miedo la alegría se desvanece; y ante la alegría el miedo se derrota. El miedo no puede ser de ninguna manera criterio de vida. No vale para aconsejar, ni mucho menos para educar.  El miedo se opone al amor y mata la alegría. Como dice el apóstol Juan, «en el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor» (1 Juan 4:18). Y nosotros, los creyentes, como dice Pablo, «no hemos recibido un espíritu que de nuevo nos esclavice al miedo, sino el Espíritu que nos adopta como hijos y nos permite clamar: ABBA. Padre» (Romanos 8:15 NVI).




Debemos perder el miedo a ser felices. Si miramos a nuestro derredor encontraremos mil motivos de alegría: la belleza de un atardecer, el canto de los pájaros, la amistad y el amor en sus formas mas sencillas y familiares; el intercambio y conversación con los amigos; el paseo por la alameda; el juego de bolos o domino, o el chiste de buena ley que nos habla quedamente de amor. Hay que aprender a gozar serenamente de la vida. No tener miedo a ser felices. Buscar lo dulce y placentero de las cosas sencillas.




Muchos confunden «el temor de Dios», con «el tener miedo a Dios». El temor de Dios es una virtud basada en el amor, respeto y reverencia a quien consideramos nuestro Padre y Señor. Es un sentimiento positivo autentico que nos previene y cuida de ofenderle o desagradarle, porque le amamos y respetamos, como un hijo ama y respeta a su padre y se cuida de contrariarle. Pero Dios no es un atormentador de conciencias. Dios no quiere borrachos de culpabilidad, sino hijos arrepentidos, llenos de buenos propósitos y desbordantes de confianza en su gracia. El tormento del miedo y la tristeza no vienen de Dios. Como decía Roger de Taize: «Debemos escaparnos de la espiral del miedo. Porque nadie que conozca a Cristo puede ser un «medio muerto», paralizado por el miedo».  Siempre tenemos una salida para vencer los temores, aun en el caso de sentirnos culpables porque, como dice el apóstol Juan: «En esto sabremos que somos de la verdad, y nos sentiremos seguros delante de él: que aunque nuestro corazón nos condene, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo»  (1 Juan 3:19-20 NVI).

Como ya hemos dicho, el miedo paraliza y enmudece. Nos quita la facultad de opinar, de testificar, de acusar, de descubrir el mal, de revelar el crimen, de protestar la injusticia. Hay silencios que engrandecen, pero el silencio, hijo del miedo envilece. Es el silencio del que tiene que aguantar para poder sobrevivir; el silencio del que tiene que tapar y disimular para poder conservar lo suyo: su puesto, sus pertenencias, su tranquilidad, su posición; el silencio del que tiene que firmar con seudónimos; el silencio del que tiene que actuar bajo cuerda; y en fin el silencio de la tumba…Todos son silencios degradantes, impuestos por el miedo. «Cuidado. No lo digas. No menciones nombres. Cállate». Cien mil ojos de miedo acechan. «Mejor no digo nada, no hablo». El miedo convierte a veces el silencio en cementerio.

Algo de esto les paso a los discípulos, durante la pasión y antes de la llegada del Espíritu. Se escondieron bajo puertas cerradas. Creían estar seguros. Pero lo que les pasaba era que estaban muertos de miedo y este les había privado de su libertad. No podían ni entrar ni salir. Para que los apóstoles salieran a la calle a pecho descubierto, para dar el salto del temor a la ilusión, necesitaron vencer el miedo. La fuerza del Espíritu hizo posible este milagro. Y Pedro el que, muerto de miedo, había negado al maestro, delante de una sirvienta, ahora confrontaba a la multitud y la exhortaba  con vehemencia y valentía. «Arrepiéntanse. Y crean en este Jesús a quien ustedes crucificaron» (Hechos 2:36-38 NVI).

A nosotros también nos ha sido regalada la fuerza del Espíritu. Aunque son recios los tiempos en que vivimos, mas fuerte es el poder de Dios y el de su Espíritu. El Evangelio conserva hoy toda su fragancia y el Espíritu sigue empujando. Por muchos silencios impuestos, por muchas sordinas acopladas, por muchas alas recortadas, el Espíritu sigue inspirando, y Dios es más grande que nuestra debilidad.

Como dice el apóstol Pedro: «Y a ustedes, ¿quién les va a hacer daño si se esfuerzan por hacer el bien? ¡Dichosos si sufren por causa de la justicia! “No teman lo que ellos temen, ni se asusten”.  Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia, para que los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo, se avergüencen de sus calumnias» (1 Pedro 3:13-17 NVI).

Luciano Jaramillo Cárdenas

Tomado de www.ministros.org