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Jerusalén es cruz, es prueba y víspera de la muerte anunciada, pero también es resurrección

Optimized-CrucificcionCon cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida”. (Oseas ll:4)

El caminar con Jesús hasta la tierra Santa (Jerusalén), representa en todo su esplendor la autenticidad, la cúspide, la plenitud humana dándonos nuestro verdadero sentido de identidad. Ser hijos del Dios vivo.

A Jesús le urgía pasar por Jericó y allí una vez más vemos la experiencia de la vida. Dios buscando al hombre. Un ciego llamado Bartimeo se encontraba a la orilla del camino a las afueras de la cuidad de Jericó. La multitud le seguía hacia la ciudad Santa, Jerusalén. Al pasar por el camino Jesús logra escuchar un grito de alguien. Ese era el grito desesperante del ciego Bartimeo que decía: Jesús Hijo de David (Ungido de Dios) ten misericordia de mí. El Caminante se detiene para preguntar: ¿Qué quieres que hagas?  El ciego le contesta: “Quiero que me sanes.”  “Tu fe te ha sanado” fue la respuesta del Maestro. Bartimeo, el que era ciego, ahora ve física y espiritualmente. Es por eso que le siguió por el camino hasta el destino de los hombres que creen en Dios y se lanzan  a la aventura de fe al caminar con Él. ( Marcos 10:47-52)




Más tarde o más temprano nos llega la hora de la definición. La hora de la excelencia, de subir cuando los demás bajan. De ponernos duros. Porque cuando los caminos son duros solo los duros caminan. Ascender a Jerusalén con Jesús era la hora de la definición de Jesucristo para nosotros. Es por eso que nos invita a caminar con Él para que su definición sea también la nuestra y no podamos huir al llamado. No podemos claudicar a la conquista del llamado a ser hijos del Altísimo. Es por eso que Jesús acelera su marcha al pasar por Jericó para llegar a la cita del destino y así cumplir su itinerario a tiempo.  Es que tenía que estar en el tiempo de Dios. El tiempo de Dios era la celebración de la Pascua, la gran liberación de la esclavitud a la cual se habían sometido por siglos. Ahora el Mesías  (el ungido de Jehová)  entrará triunfante como Rey de Reyes y Señor de Señores.




Jesús llega a tiempo a Jerusalén, y con Bartimeo el que era ciego, pero que ahora ve. Llega a la cuidad de Dios, (Sión). Venía de  Jericó, ciudad de las palmeras ubicada en la llanura seca, rancia como su espíritu, llena de lujuria, egoísmo, maldad rampante, símbolo de mediocridad espiritual, ”del comamos y bebamos que mañana moriremos”  y  gobernada por Herodes el Grande, sí el mismo que realizó la matanza de los niños inocentes.  Jericó es conocida como la cuidad más vieja del mundo pero también donde se cultivan las más bajas pasiones.  Ahora ha llegado a Jerusalén, la cuidad de Sión, manchada por los religiosos y no religiosos del cual el profeta Isaías señalaba con su profecía diciendo:

“Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que son enviados. ¿Cuántas veces quise juntar tus hijos como la gallina juntan a sus polluelos y no quisisteis?” (Mateo 23:37)




La Entrada de Jesús a la Cuidad de Sión, tenía propósito  salvífico. Jesucristo llegaba a crear la nueva humanidad. Su presencia era pedagógica y redentora. Por eso abandona la comodidad doméstica  y la seguridad provincial y salía por las calles polvorientas de toda la Palestina y sus pueblos donde estaba Judea con su capital Jerusalén. Jesús entendía a su llegada que la religiosidad se había quedado en la periferia. La aventura transformadora de la vida carecía de una fe creadora y esperanzadora capaz de germinar vida abundante de gozo, paz, justicia y amor. Jesucristo enfrentó a Jerusalén con la cruz. Dios quiere que nos enfrentemos a nuestra Jerusalén, pero con Cristo en nosotros. Jerusalén es la vida misma con todas sus contrariedades de nuestro ser. Es la vida misma con sus frustraciones y amenazas pero ya vencida por Cristo en la cruz. Pablo dice en la Carta a los Romanos:

“Ante todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados nos podrán separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Romanos 8:37-38)

Jerusalén es cruz, es prueba y víspera de la muerte anunciada pero también es resurrección. Es vida nueva en Cristo. Es la aventura de caminar con Cristo hasta la eternidad. ¡Por gracia somos salvos!