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Estamos tan ocupados en nuestras cosas que solo regresamos a Dios cuando lo necesitamos

lunes 18 de febrero de 2013 – 05:10 p.m. 8530

“El árbol de manzanas”

Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo amaba mucho y todos los días jugaba alrededor de él, trepaba al árbol hasta el tope, comía sus manzanas y tomaba una siesta bajo su sombra, el amaba al árbol y el árbol amaba al niño; paso el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.




Un día el muchacho regreso al árbol y escucho que el árbol le dijo triste: ¿Vienes a jugar conmigo? Pero el muchacho contestó: Ya no soy aquel niño que jugaba alrededor de enormes árboles, lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos; -lo siento, dijo él árbol, pero no tengo dinero… pero te sugiero que tomes todas mis manzanas y las vendas, de esta manera tu obtendrás el dinero para tus juguetes, el muchacho se sintió muy feliz, tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz.

Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le Preguntó: ¿Vienes a jugar conmigo?; No tengo tiempo para jugar, debo trabajar para mi familia, necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos, puedes ayudarme?; lo siento, pero no tengo una casa, pero… tu puedes cortar mis ramas y construir tu casa; El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario.




Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado; ¿Vienes a jugar conmigo? volvió a preguntar el árbol, el hombre contestó estoy triste y volviéndome viejo, quiero un bote para navegar y descansar ¿puedes darme uno? el árbol contestó, -usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz. El hombre cortó el tronco y construyó su bote, luego se fue a navegar por un largo tiempo.




Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo; lo siento mucho, pero ya no tengo nada que darte ni siquiera manzanas. El hombre replicó, -no tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar; ya estoy viejo. Entonces el árbol con lagrimas en sus ojos le dijo; realmente no puedo darte nada… la única cosa que me queda son mis raíces muertas y el hombre contestó yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar, estoy tan cansado después de tantos años. Bueno… las viejas raíces de un árbol, son el mejor lugar para recostarse y descansar, ¡ven! siéntate conmigo y descansa, el hombre se sentó junto al árbol y éste feliz y contento sonrió con lagrimas…

Esta es la historia de cada uno de nosotros, el árbol es Dios, cuando somos niños, lo amamos y jugamos con papá Dios… Pero al crecer en muchos casos, decidimos dejarlo.

Estamos tan ocupados en nuestras cosas que solo regresamos a Él cuando lo necesitamos o estamos en problemas, lo utilizamos como un Dios bombero y cuando estamos bien ni lo buscamos.

Si te sientes identificado con esta actitud, debes saber que Dios siempre estará allí para recibirte con los brazos abiertos esperando a que puedas correr a sus brazos y darte todo su amor y hacerte feliz. Tú puedes pensar que el muchacho es cruel contra el árbol, pero llamativamente es así como nosotros tratamos a nuestro creador.

Ya no esperes más y corre a los brazos de Dios, no importa lo que hayas hecho, Él siempre estará dispuesto a recibirte y darte todo su amor.

“Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”. Jeremías 31:3

Por: Lourdes Villarroel