El precio de la indiferencia

Optimized-indifferencia“Y decían el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia” (Génesis 42:21)

 La indiferencia puede que no sea ilegal, pero es inmoral. Los hermanos de José fueron severamente castigados por su actitud indiferente cuando dejaron a su hermano en una cisterna a merced del infortunio. Ser indiferente al dolor de los demás es un síndrome de egocentrismo; es una réplica de la actitud de Caín: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”. ¿No ha oído a alguien decir: “Eso no es asunto mío”?  Y tenemos una y mil  razones para justificar nuestra indiferencia. Lo que ocurrió a los hermanos de José nos sucede aunque tratemos de evadirlo. Ya lo dijo alguien: Conciencia nunca dormida, mudo y pertinaz testigo que no dejas en la tierra ningún crimen sin castigo”.

La tesis de Santiago sobre la fe deja sin excusa a los que se escudan detrás de la fe para evadir su responsabilidad hacia los demás. “Y si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros le dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no le da las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de que aprovecha? (Santiago 2:15-16)  El equivalente a un “Dios te bendiga” “Estaré orando por ti”; vocabulario escurridizo como una cortina de humo para ocultar nuestra indiferencia. Nadie pudo ilustrar mejor esta cruel realidad que Jesús en la parábola del buen samaritano.  El sacerdote y el levita pasaron de largo, el herido moribundo no era de su incumbencia. ¡Qué triste actitud! ¡Qué pobre religión! diría Santiago. Con razón Lutero no quería incluir esa epístola en Las Sagradas Escrituras.

Una espiritualidad indiferente es equivalente a una vida impotente. Si como dijo el apóstol Pablo “De una sola sangre ha hecho Dios todo el linaje de la tierra” el dolor de los demás es nuestro dolor. No podemos y no debemos mirar hacia el otro lado; no es posible que amemos a Dios y menospreciemos  a nuestros semejantes. Los malos tienen éxito porque los buenos por indiferencia no hacen nada para detenerlos. Este mal en el hogar, en el trabajo o en la iglesia siempre  tiene un alto precio que pagar. Hagamos aun lo que no nos toca, quitemos la piedra del camino para que los que vienen detrás no tropiecen con ella. Esto dice el apóstol Juan, “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad”.

¡Shalom!