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¡Dios es Bueno!

Eso escuchamos donde quiera que hay un cristiano que desea animar a otros,… y la frase se ha vuelto tan popular que aun entre aquellos que no profesan ser fieles a un credo específico se les escucha repetir, ¡Dios es Bueno!

Y es una frase pegajosa y en nuestro subconsciente  admitida, porque desde pequeñas hemos escuchado a nuestros padres decir, que ellos nos aman y Dios también,… que Dios es bueno…

Entonces, si Dios es bueno, ¿por qué es tan difícil tener la confianza en Dios durante los momentos difíciles de nuestra vida?  ¿Por qué podemos decir con plena confianza a otra persona que Dios es bueno, bueno con él o ella, … y no poderlo repetir frente a un espejo a la imagen que tenemos delante nuestra?

Porque no creemos que nosotros seamos merecedores de esa bondad gratuita Divina… y eso es muy peligroso, yo diría que podría ser vecino del pecado; el pecado de la duda, de la incredulidad, del rechazo a uno mismo y a Dios.

Analizando el dilema, y créanme que yo misma lucho con esto a diario, me asalta la gran verdad de que si yo creo con todo mi corazón que Dios es bueno, Él entonces es bueno para elegir, y nos eligió a nosotros; bueno para perdonar y nos ha perdonado por medio de Jesucristo y su muerte de cruz y resurrección; es bueno para amar y nos ha amado contra toda lógica y razón; bueno para encontrar algo que sea amable en nosotros por eso nos ama; bueno lo suficiente como para nosotros mismos reposar y confiar en esa bondad.

Tenemos que comenzar a pensar bien de nosotros mismos, porque ese Dios maravilloso que no necesita de nada y nadie para ser feliz, ha establecido parte de Su felicidad en ese amor que nos tiene… Y suspira diciendo, “¡Si este pueblo me amara!”… Y el amor es una decisión del corazón, que puede amar, que desea amar, y que decide amar.

Por esto es que yo decido amar a ese Dios que me ama, que abre puertas delante de mí aun cuando yo no me doy cuenta que Él lo hace, que me sana de todas mis enfermedades, y limpia todo mis pecado, que redime mi vida del lodo, me lava y da ropa limpia y pone un anillo en mi dedo.

Y la próxima vez que este en un momento triste, difícil, equivocado, confiaré en ese Dios maravilloso, bueno, que elige amarme, cuidarme y protegerme.  Y así, aprendo a amarme a mi misma también.

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